LO ERÓTICO en Oswaldo Vigas


“La función primordial del arte: descubrir y develar aspectos inéditos del alma y del ser humano.” Oswaldo Vigas, 2002

Lo erótico deseo palpitante, por el que la vida se abre camino a la expansión cósmica. Como lo hiciera el universo cuando broto el Big Bang originario. Estos grabados nacidos del surco sobre placas metálicas entintada plenas de cuerpos anhelantes, ansiosos por acariciarse, poseerse, excitarse... Creados por la fantasía del artista que muta líneas nerviosas, brotados en la intimidad de espontáneos bocetos entre conversaciones, descansos y ensoñaciones. Provocaron pudor y risas entre quienes los apreciaron por primera vez, no es casual esta reacción, pues lo sexual y su deseo expresado en Eros están vinculados a la carcajada y la levedad del Ser. Estos aguafuertes materializan la figuración expresionista de la obra de Oswaldo Vigas, donde lo inorgánico crea una geometría impregnada de pulsares orgánicos. Huye de lo obvio, de la belleza clásica, y cercana al modernismo, al arte bruto y al neo-expresionismo contemporáneo.

Esta serie de grabados eróticos se inició en Aviñón en 1995, quizás sus bocetos podrían tener relación con las lecturas del artista ese año, sobre los papas que huyeron de Roma a Aviñón por luchas por el poder, entre ellos no había abismos morales, ambos negaban la esencia del cristianismo, por la afición a la riqueza, lo cortesano y los escándalos sexuales que los rodeó. ¿Qué conexión podría tener esto con la sorpresiva serie erótica? Podrían estos grabados ser una respuesta estética a la silenciada lubricidad que caracteriza al papado y a los antipapas de los siglos XIII y XIV.

Desnudeces anhelantes, deseosas, liberadas del tiempo y de la culpa sexual propia del cristianismo. Estos personajes están liberados del pecado edénico, al ser expulsados del paraíso por asumir una sexualidad consciente y gozosa. Herencia que aún pesa sobre la civilización occidental. Sentido que también se evidencia en Gilgamesh, el monarca de la ciudad amurallada de Uruk, en su compañero y alter-ego Enkidu cuando vivía como uno más del bosque, del cual es expulsado al sentir la seducción y belleza de la sacerdotisa del templo que envía Gilgamesh para humanizarlo.

“La sacerdotisa descubrió sus senos, su cuerpo, /y Enkidu acercóse y poseyó su belleza. /Sin vergüenza la mujer aceptó su ardor; /quitóse el vestido y sobre ella él descansó. /Mostró así al salvaje el trato de una mujer, /cuando su amor entra en ella… Y después que se hubo saciado de sus encantos decidió salir en busca de sus bestias salvajes. Pero al verlo las gacelas huyeron, se apartaban de su cuerpo” (Poema de Gilgamesh, Tablilla I, Columna IV, 2.750 a.C.).

Cada una de estas obras gráficas están impregnadas de un sentido lúdico, y del imaginario del artista y de la mitología griega, por la desbocada y desprejuiciada sexualidad de sus deidades, que llegaron en sus mitos al extremo de transformarse en animales como ocurre con Zeus quien para poseer a Leda se hace cisne, y como toro seduce a Europa, y a Dánae encerrada en una torre por su padre accede convertido en lluvia de oro... Sera el deseo y el dominio de Eros omnipresente entre estos dioses y por tanto en la civilización griega.

De ahí el mito de Afrodita y Ares, atrapados por una red invisible al darle rienda suelta a su pasión sexual, creada por el cojo Hefestos y que al mostrar a los dioses la infidelidad de su hermosa esposa, para sorpresa del mítico herrero, los dioses en lugar de avergonzarse, se divirtieron de la situación. Esta es la reacción que provoca al espectador esta serie erótico, que nos libera de lo reprimido y nos lena de gozo sensual y erótico.

Eduardo Planchart Licea.